Tras pasar el único pasillo de aquel cuchitril, cuyas paredes estaban grabadas de laberintos sin solución, llegué al extremo de la caseta. Dos puertas reposaban ante mis pupilas, una a la derecha y otra en su opuesto. Con el temor metido en las venas decidí abrir esta primera. Pero en vano fue, estaba cerrada con llave desde su interior. Mi perversa lógica me obligó a mirar por la ranura. Un olor a cementerio destapado penetró mis sentidos.
Sin optativa alguna y confusa de mi real existencia en aquel antro, posé mi mano en el pomo de la izquierda, el cual cedió con un quejido espeluznante.
Las paredes del interior estaban rasgadas y habían restos de maderos en el suelo. En medio de la pequeña habitación había un antiguo fonógrafo. Me di cuenta que aún cumplía función cuando me acerqué éste y, por arte oculto, empezó a tocar una pieza rayada de mis memorias. Me atormentaba los sesos.
Me reincorporaré y di tres pasos hacia atrás, chocando mi espalda con un cuerpo frío. Un espejo. Volteé así mi cuerpo y pude contemplar mi figura marchita. Mi vestido blanco manchado de lodo, mis muñecas y tobillos marcados, y diversas magulladuras por el rostro.
<<¿Quién soy?, ¿Qué está ocurriendo?>> pensé.
Sin articular palabra alguna empecé a sentir como un líquido caliente goteaba sobre mis pantorrillas. Sangre.
Miré entonces mi reflejo y vi dos grandes cortes paralelos trazado en mi espalda.
Me habían cortado las alas.
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viernes, 2 de diciembre de 2016
lunes, 3 de octubre de 2016
El infierno no siempre quema
No sé dónde estoy.
Todo está ocurriendo tan rápidamente que mis sesos no saben procesar. Recuerdo la larga caminata hacia el bosque. Una vez pasada la oscura inmensidad de los árboles suena el sonido metálico de las campanas de viento. He corrido durante décadas.
El corazón me va a mil y tengo la sensación que algo está mueriendo dentro de mí.
El aire huele a putrefacto. Los cielos están tintados de azabache, protegidos por los majestuosos habitantes. Mi cuerpo está golpeado por los roces, revestido de cortes y astillas.
Paro mis pies por un instante, con intención de recuperar el poco aliento que conservo, cuando de repente oigo un estruendo proveniente de los matorrales. Me quedo en silencio, estupefacto. Inmediatamente echo a correr.
Está detrás de mi, puedo sentir su aliento susurrando mis sentidos.
Mis extremidades titubean. Me resbalo. Mis pies se hunden en lodo y entonces puedo sentir como los viscosos dedos de esa criatura demoníaca acarician mi nuca.
Saco fuerza de mi imaginación y continúo la cursa.
No me atrevo a mirar atrás.
Sigo, agitado, sin detenerme. Cada vez puedo sentirle más cerca.
Por mi cabeza paranoica pasan mil ideas. Quizá se anteponga y no tenga escapatoria.
Giro entonces hacia la izquierda sin parar.
Está todo muy opaco.
De repente siento agua en mis pies. Estoy metido dentro de una pequeña laguna, sumergiéndome en hediondas aguas. Algo dificulta mi entrada. Cuerpos fragmentados.
Y allí me veo. En medio de materia muerta, con el terror gravado en las retinas.
Y entonces pienso << El infierno no siempre quema>>.
Despierto. 29 de Febrero. Mi alcoba vacía de luz y un frío que cala los huesos.
Todo está ocurriendo tan rápidamente que mis sesos no saben procesar. Recuerdo la larga caminata hacia el bosque. Una vez pasada la oscura inmensidad de los árboles suena el sonido metálico de las campanas de viento. He corrido durante décadas.
El corazón me va a mil y tengo la sensación que algo está mueriendo dentro de mí.
El aire huele a putrefacto. Los cielos están tintados de azabache, protegidos por los majestuosos habitantes. Mi cuerpo está golpeado por los roces, revestido de cortes y astillas.
Paro mis pies por un instante, con intención de recuperar el poco aliento que conservo, cuando de repente oigo un estruendo proveniente de los matorrales. Me quedo en silencio, estupefacto. Inmediatamente echo a correr.
Está detrás de mi, puedo sentir su aliento susurrando mis sentidos.
Mis extremidades titubean. Me resbalo. Mis pies se hunden en lodo y entonces puedo sentir como los viscosos dedos de esa criatura demoníaca acarician mi nuca.
Saco fuerza de mi imaginación y continúo la cursa.
No me atrevo a mirar atrás.
Sigo, agitado, sin detenerme. Cada vez puedo sentirle más cerca.
Por mi cabeza paranoica pasan mil ideas. Quizá se anteponga y no tenga escapatoria.
Giro entonces hacia la izquierda sin parar.
Está todo muy opaco.
De repente siento agua en mis pies. Estoy metido dentro de una pequeña laguna, sumergiéndome en hediondas aguas. Algo dificulta mi entrada. Cuerpos fragmentados.
Y allí me veo. En medio de materia muerta, con el terror gravado en las retinas.
Y entonces pienso << El infierno no siempre quema>>.
Despierto. 29 de Febrero. Mi alcoba vacía de luz y un frío que cala los huesos.
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