Cerré los ojos y pedí un deseo con todas las fuerzas de mi alma, a aquello que siempre me dió cobijo, amparo y mi origen, el mar.
Sentía que la ausencia reventaba cada habitáculo de mi corazón. Mi figura desvanecía bajo el conjunto de laminarias digitatas, junto mis deseos y anhelos, mi vesania y mis delirios. Contemplaban semejante espectáculo los pequeños ventosa, que siempre quisieron verme disipar. Junto a éstos estaban los paraíso, quienes siempre intentaron de alguna manera u otra pintar mi alma de alegría.
Abundantes sentimientos inundaron mi ser, mezclándose unos con otros, uniéndose como yugos desiguales, el orgullo con la deshonra, la cordura con la demencia, la vida con la muerte.
Desperté en aquel lugar sobrenatural llamado tierra, jamás explorado por criaturas de mi índice.
Sentía un dolor incorpóreo, centenares de cuchillas cortaban mis pieles, mis pupilas difusas clamaban la oscuridad, me pesaba toneladas el cráneo, los sesos.
No comprendía nada, no sabía dónde me hallaba ni qué me había ocurrido. Reconocí aquello que ustedes denominan arena, procedentes de rocas, para mí, los sabios del agua. Vi el cielo desde un amplio panorama, pero mucho menos increíble de las otras pocas veces que mis ojos contemplarlo pudieron. Posteriormente bajé la mirada y me quedé estupefacta al ver semejante monstruo negro en la arena, pegado a mí, mi propia sombra. De mi boca salió un gemido no intencionado, e instantáneamente me cobijé con mis propias extremidades.
Entonces así ocurrió, en tal situación deplorable, me di cuenta de que me había convertido en ese mítico, fabuloso y horrendo ser del que tanto oí difamar en fábulas, el humano.
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sábado, 14 de enero de 2017
lunes, 27 de junio de 2016
Inefable
Me quedo en silencio. Muda de palabras, llena de ideas.
Siento una intensa presión en mi sien. Mi cráneo estallará en el segundo más inesperado, pero apropiado. Mis pupilas difusas, mis retinas clavadas ante semejante espectáculo.
Inefable. No tengo palabras para describir el estado extático en el que me encuentro.
Tengo la sensación de estar fuera de mí. Mi cuerpo está adormecido y mi mente en flote. Veo todo desde una perspectiva panorámica, increíble al ojo humano.
Un mundo desligado a la subjetividad. No me atrevo a articular palabra.
Ahora siento como la sangre circula con ritmo acelerado en mis venas.
Las vibraciones del aire. Esa melodía que carcome mis sesos, una pieza rayada de mis memorias, con ese sonido melífluo y penetrante.
Demasiadas expresiones encapsuladas en una mísera palabra. ¿Cómo llamar a ese instante?
a ese algo que me da vida y a la vez me mata.
A las plumas de las aves que revolotean e intentan arrancarme la razón a tracción. O la danza de las luciérnagas a medianoche.
El brindis que nunca hice.
El aroma exquisito de las flores y las líneas que configuran mis pieles. Todo aquello que se presenta como un halo de luz, efímero y difuminado. La caída al vacío abismal. O quizá es con el ademán que tocas las cuerdas de mi instrumento.
Es la naturaleza que constituye dimensiones. La fusión entre yugos desiguales, como la demencia y la cordura, la claridad y la penumbra, como lo fértil y lo inerte.
Son los colores tatuados en el ocelo de las mariposas y los cortes que el frío ha ido cultivando en mis labios.
Quizá son los espasmos, esa electricidad que me domina. Las ganas de mudarme de planta.
A lo mejor soy yo, la bohemia artista que espera con ojos de gato la luna llena.
Es paciencia. Acomodable a las circunstancias, sin encalabrinamiento alguno. Es ese algo al que se le quita relevancia pero que habita desde tiempos impronunciables.
Es la arena proveniente de rocas ancestrales. Sabio cómo él mismo.
Es la conjugación exacta entre lo celestial, los átomos que conforman tus células, tu estancia. Es la mezcla entre el magenta de tus labios y el cían de mis ojos.
O quizá el azabache de una noche de embrujo. El último botón por desprender de tu camisa.
Es el fuego dejando en carne viva al planeta. El aire despeinándote las ropas. La monotonía del reloj enterrado en las tierras. O quizá el mar besando tus talones. El arriba o el abajo. En mi cama o entre líneas de tinta.
Es ese algo a lo que el ciego y farisaico humano aún no quiere dar la relevancia que merece, ni percatarse de que esta fue quien le engendró en sus entrañas.
Después de unos intensos segundos de trance vuelvo postrada. Y mejor no preguntemos de dónde.
Quizá y sólo quizá, eso que reposa con majestuosidad ante mi es arte.
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