Mostrando entradas con la etiqueta deseo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta deseo. Mostrar todas las entradas

martes, 9 de mayo de 2017

Bailo desnuda

Bailo desnuda entre los huesos de la niebla. Canto canciones, mudas al viento.
Dulce silencio, arena húmeda bajo las plantas de mis pies.
Raíces de vida. Árbol de casa.
Respiro e inspiro, el cosmos de tus pupilas.
Energía, cargada de alma. Suave como la lluvia, cálido, carnatino.
Naturaleza esmeralda, coral irisdiscente. Luz de agua y danza de luciérnagas.
Leo labios, hallo perlas. Rocas de cristal.
Cuento estrellas, desnuda. Libre de voz, llena de azul.
Libélula de cielo, de ala imaginaria. Susurrarme calma, montaña de amatista y luna de cuarzo. Tiempo derretido y arena de reloj. Lienzo de historia y color de mundo.


sábado, 14 de enero de 2017

Quisiera ser un pez

Cerré los ojos y pedí un deseo con todas las fuerzas de mi alma, a aquello que siempre me dió cobijo, amparo y mi origen, el mar.
Sentía que la ausencia reventaba cada habitáculo de mi corazón. Mi figura desvanecía bajo el conjunto de laminarias digitatas, junto mis deseos y anhelos, mi vesania y mis delirios. Contemplaban semejante espectáculo los pequeños ventosa, que siempre quisieron verme disipar. Junto a éstos estaban los paraíso, quienes siempre intentaron de alguna manera u otra pintar mi alma de alegría.
Abundantes sentimientos inundaron mi ser, mezclándose unos con otros, uniéndose como yugos desiguales, el orgullo con la deshonra, la cordura con la demencia, la vida con la muerte.
Desperté en aquel lugar sobrenatural llamado tierra, jamás explorado por criaturas de mi índice.
Sentía un dolor incorpóreo, centenares de cuchillas cortaban mis pieles, mis pupilas difusas clamaban la oscuridad, me pesaba toneladas el cráneo, los sesos.
No comprendía nada, no sabía dónde me hallaba ni qué me había ocurrido. Reconocí aquello que ustedes denominan arena, procedentes de rocas, para mí, los sabios del agua. Vi el cielo desde un amplio panorama, pero mucho menos increíble de las otras pocas veces que mis ojos contemplarlo pudieron. Posteriormente bajé la mirada y me quedé estupefacta al ver semejante monstruo negro en la arena, pegado a mí, mi propia sombra. De mi boca salió un gemido no intencionado, e instantáneamente me cobijé con mis propias extremidades.
Entonces así ocurrió, en tal situación deplorable, me di cuenta de que me había convertido en ese mítico, fabuloso y horrendo ser del que tanto oí difamar en fábulas, el humano.

jueves, 14 de julio de 2016

Tú, la niña de los ojos apagados

Tú, la niña de los ojos apagados, mírame.
Se que hace tiempo que no lloras. Se que hace tiempo que no hablas con nadie de ello, porque si lo haces, que no es tu mayor intención, no te callarás durante horas.
También sé que no te gusta la gente, que, la gran mayoría de veces, te molesta su presencia. No te interesa su lenguaje, los consideras inanimados e incoloros.
Se que pasas largos tiempos sola, aislada en tu pequeño mundo. Te encuentras atrapada en una trampa que tú misma fabricaste con tus manos. Aunque sabes que hay salida y, por lo tanto, esperanza, pero prefieres seguir tintándote de oscuridad.
Ya no le tienes temor a las letras, ni a las palabras. Tampoco a la tiniebla ni a los monstruos que habitan debajo de tu cama.
Harta de escuchar esas mismas e insolentes frases, que se sienten en lo más profundo del corazón, como un pequeño alfiler bailando sobre tus pieles. Ése “sonríe” intercalado con alguna estupidez de aire cómico, de lo efímera que es la vida o bien de lo bonita y joven que te ves, condición que no te permite bajar la cabeza.
También se que, aunque el futuro no te preocupe, el tiempo te martiriza. Odias la monotonía pero te has convertido en prisionera de la misma.
Sigues, aunque quizá no tanto como antes, culpando a tu cuerpo, manchando los lienzos que no consideras más que obras baratas. Tu vientre se está acostumbrando a la penumbra, hasta que cae algo inesperadamente y pierde el control. Mierda, lo estabas haciendo bien, qué lástima, pero es culpa tuya. Entonces la mente se te nubla y empieza de nuevo la sedentaria carrera. Haces cosas que no deseas.
La música te hace compañía los primeros tiempos, pero cuando se repite la situación con constancia, se convierte en necesidad y, con sus intensas letras y su melífluo piano, acaban por destrozarte los tímpanos y arrancarte de cuajo el sentido.
Intentas hacer aquellas cosas que siempre te agradaron, pero cada vez les encuentras menos sentido. No anhelas hacer nada en concreto. Todo tiene fin, es momentáneo. Es aburrido. Te fuerzas para convertirlo en un pasatiempo pero mientras tanto no sientes placer alguno, sólo tienes ganas de acabar y poder volver a meterte en tu universo.
También se la preocupación que te causan las pocas personas que aprecias. El porqué no hablan, no preguntan. Porque ignoran tu causa. Y te cuestionas tu valor, tu importancia y estancia en este antro. Para qué, si esto no es seguir. Te hundes.


Se que lo dicho es mínimo y constante. Que sientes lo mismo que mis dedos al escribir ésto.
Se que quieres confiar, abrir tu mente, sacar tu cuerpo. Quieres conocer y experimentar. No tienes intención de recuperar el tiempo perdido, pero sí de aprovechar el restante.
Así que, tú, la joven de los ojos apagados, mírame. Y dime a qué esperas. Probablemente mañana no pueda volver a repetírtelo, así que léeme ahora.
No cometas mi mismo error, créeme que lo dicho es tan sólo una pincelada de semejante espectáculo. No te subas a tal atracción, no podrás bajarte, o al menos no sola.
No te dejes engañar y aprende a diferenciar entre tu personalidad y lo que la adrenalina del juego provoca en tus sesos. No des más de dos vueltas seguidas, por favor, por ti, por los espectadores. Están dormidos, pero están. Despiértalos, explícales y enséñales. Pero nunca les conviertas en cómplices, porque dejaría de ser tu recóndito mundo y les plantearías otra perspectiva que puede intrigar y hacerles caer por la madriguera.
Entonces, íntimamente, cuenta. Corre, salta y no mires atrás, allí no hay más que vacío y soledad.
Se puede oler en el aire que queda poco.
Deja de evitar palabras y empieza a radicar. Empieza en un interior, háblate, distráete.
Se acabó. Se consciente de las mil situaciones críticas y de tus condiciones, tú estás a tiempo de no ser una de ellos. Mímate, sonríete. Vive y siéntete.
No necesitarás articular palabra, ellos verán ese gran cambio en tus labios y,  por sobretodo, en tus ojos. Deja de que lean el alma, que te quieran. Deja que te canten, te cocinen, te paseen y te descifren. Deja que te besen, que te curen las heridas y que te pinten. Tíntate de magia los poros de tu piel. Que el viento te dedique una día y las estrellas una noche. Piérdete en las aguas y regálate flores. Ámate. Y, ante todo, no mires atrás cuando el cielo congele almas, por favor, no lo hagas. Ese algo figurado a tu manera te perseguirá para siempre. La cuestión es saber convivir y ser más fuerte que ello.
Así que, tú, la preciosa mujer de ojos cristalinos, vive. Llora, alaba, contempla, ríe, saborea, se pacífica y comprensiva, disfruta de tu cuerpo y procura el dominio del espíritu propio. No te entierres, riégate y vuelve a darme la vida.

sábado, 2 de julio de 2016

Detiene el tormento

Porque cada palabra que mi retina graba, cada palabra que mi boca pronuncia al compás del pasar página, cada sensación que se mueve bajo los poros de mis pieles marcadas, cada lágrima que mi corazón de tinta envenena, porque cada libro que entre mis manos sosiega conecta íntegramente mis sentidos, alivia mi dolor corpóreo y detiene el tormento que circula por mis venas. Quizá una vía de acceso, o quizá de salida, quién sabe, tal vez un simple refugio.
Por el momento me mantendré firme, superando las adversidades en cuerpo y cobijándome de letras el alma.