martes, 30 de agosto de 2016

Soy fragilidad

Soy fragilidad. Soy día gris y cielo embrujado. Día pena. De levantarse sin razón.
A veces golpeo con ímpetu, otros procuro no respirar. Soy un fantasma en la ciudad. Sabor azabache. Color acre. Soy corazón atragantado. Noche con fin. Soy flor marchita en campo abierto. Soy el gato que ronda en tu tejado y la última gota de ron en tu vaso. La ventana rota. Una esquina de cielo.
Soy melancolía por intravenosa. Razón sin causa. Soy la marea y la penumbra del rincón. A veces me pierdo en el viento y otras en miradas.
Soy abrazo nunca dado. Humo en pulmones. Demencia embotellada. Libro nunca abierto. Soy los restos de tu café. El aire que voltea las hojas de los árboles. Soy un oasis entre materia. Palabras no articuladas. Beso nunca pronunciado. Soy tiempo entre arenas y huesos quebrados.

lunes, 15 de agosto de 2016

Saudade (2)

Me tomo un tiempo para mirar a mi alrededor, sin pestañear, con temor a que desaparezca el resto  de aliento que conservo. Tarareando la pieza más dulce de mis memorias, en ese mundo en el que, como buen astronauta que solía ser, me adentraba en el universo explosivo de sus lunares, dibujando mi vida con espuma en el lienzo de su espalda, masajeando con la yema de mis dedos sus delirios más profundos, deslizando besos por las curvas de su cuello. En aquella bañera del Murphy’s, huyendo de la lluvia para empaparnos de vino tinto, pétalos, carmín y lencería de un viernes noche, a la luz de cuatro velas y la magia del fin pleno. Prerrogativas del beodo. Esos muchos años de inexperiencia que hechizaron nuestras pieles y dieron vida a nuestros labios. Con ganas de amar, devorar. Pacientes e inconscientes. Sin encalabrinamiento, disfrutando de lo corpóreo, convirtiendo dos carnes en una misma, desnudándonos el alma. Completando el puzzle de dos únicas piezas a oscuras.

jueves, 28 de julio de 2016

Saudade (1)

En medio de árboles que cantan la misma antigua canción muda, tocada al compás de las hojas, con ese ademán único e impecable, sin error ni desliz.
Soplando el viento, con los párpados descansados. Saboreando el efímero polvo del que estamos hechos. Camino ciega del alma, gritando guía, pero nadie puede ayudarme, no son más que difusas sombras creadas de palabras y lágrimas, por mí, la bohemia artista que espera con ojos de gato la nueva Luna. Las líneas en mis manos, en mi rostro y mi dolor de huesos. El olor a monotonía y el recuerdo del otoño penetrando mis venas. La nostalgia de aquel Noviembre que paró las agujas de mi reloj.

jueves, 14 de julio de 2016

Tú, la niña de los ojos apagados

Tú, la niña de los ojos apagados, mírame.
Se que hace tiempo que no lloras. Se que hace tiempo que no hablas con nadie de ello, porque si lo haces, que no es tu mayor intención, no te callarás durante horas.
También sé que no te gusta la gente, que, la gran mayoría de veces, te molesta su presencia. No te interesa su lenguaje, los consideras inanimados e incoloros.
Se que pasas largos tiempos sola, aislada en tu pequeño mundo. Te encuentras atrapada en una trampa que tú misma fabricaste con tus manos. Aunque sabes que hay salida y, por lo tanto, esperanza, pero prefieres seguir tintándote de oscuridad.
Ya no le tienes temor a las letras, ni a las palabras. Tampoco a la tiniebla ni a los monstruos que habitan debajo de tu cama.
Harta de escuchar esas mismas e insolentes frases, que se sienten en lo más profundo del corazón, como un pequeño alfiler bailando sobre tus pieles. Ése “sonríe” intercalado con alguna estupidez de aire cómico, de lo efímera que es la vida o bien de lo bonita y joven que te ves, condición que no te permite bajar la cabeza.
También se que, aunque el futuro no te preocupe, el tiempo te martiriza. Odias la monotonía pero te has convertido en prisionera de la misma.
Sigues, aunque quizá no tanto como antes, culpando a tu cuerpo, manchando los lienzos que no consideras más que obras baratas. Tu vientre se está acostumbrando a la penumbra, hasta que cae algo inesperadamente y pierde el control. Mierda, lo estabas haciendo bien, qué lástima, pero es culpa tuya. Entonces la mente se te nubla y empieza de nuevo la sedentaria carrera. Haces cosas que no deseas.
La música te hace compañía los primeros tiempos, pero cuando se repite la situación con constancia, se convierte en necesidad y, con sus intensas letras y su melífluo piano, acaban por destrozarte los tímpanos y arrancarte de cuajo el sentido.
Intentas hacer aquellas cosas que siempre te agradaron, pero cada vez les encuentras menos sentido. No anhelas hacer nada en concreto. Todo tiene fin, es momentáneo. Es aburrido. Te fuerzas para convertirlo en un pasatiempo pero mientras tanto no sientes placer alguno, sólo tienes ganas de acabar y poder volver a meterte en tu universo.
También se la preocupación que te causan las pocas personas que aprecias. El porqué no hablan, no preguntan. Porque ignoran tu causa. Y te cuestionas tu valor, tu importancia y estancia en este antro. Para qué, si esto no es seguir. Te hundes.


Se que lo dicho es mínimo y constante. Que sientes lo mismo que mis dedos al escribir ésto.
Se que quieres confiar, abrir tu mente, sacar tu cuerpo. Quieres conocer y experimentar. No tienes intención de recuperar el tiempo perdido, pero sí de aprovechar el restante.
Así que, tú, la joven de los ojos apagados, mírame. Y dime a qué esperas. Probablemente mañana no pueda volver a repetírtelo, así que léeme ahora.
No cometas mi mismo error, créeme que lo dicho es tan sólo una pincelada de semejante espectáculo. No te subas a tal atracción, no podrás bajarte, o al menos no sola.
No te dejes engañar y aprende a diferenciar entre tu personalidad y lo que la adrenalina del juego provoca en tus sesos. No des más de dos vueltas seguidas, por favor, por ti, por los espectadores. Están dormidos, pero están. Despiértalos, explícales y enséñales. Pero nunca les conviertas en cómplices, porque dejaría de ser tu recóndito mundo y les plantearías otra perspectiva que puede intrigar y hacerles caer por la madriguera.
Entonces, íntimamente, cuenta. Corre, salta y no mires atrás, allí no hay más que vacío y soledad.
Se puede oler en el aire que queda poco.
Deja de evitar palabras y empieza a radicar. Empieza en un interior, háblate, distráete.
Se acabó. Se consciente de las mil situaciones críticas y de tus condiciones, tú estás a tiempo de no ser una de ellos. Mímate, sonríete. Vive y siéntete.
No necesitarás articular palabra, ellos verán ese gran cambio en tus labios y,  por sobretodo, en tus ojos. Deja de que lean el alma, que te quieran. Deja que te canten, te cocinen, te paseen y te descifren. Deja que te besen, que te curen las heridas y que te pinten. Tíntate de magia los poros de tu piel. Que el viento te dedique una día y las estrellas una noche. Piérdete en las aguas y regálate flores. Ámate. Y, ante todo, no mires atrás cuando el cielo congele almas, por favor, no lo hagas. Ese algo figurado a tu manera te perseguirá para siempre. La cuestión es saber convivir y ser más fuerte que ello.
Así que, tú, la preciosa mujer de ojos cristalinos, vive. Llora, alaba, contempla, ríe, saborea, se pacífica y comprensiva, disfruta de tu cuerpo y procura el dominio del espíritu propio. No te entierres, riégate y vuelve a darme la vida.

sábado, 2 de julio de 2016

Detiene el tormento

Porque cada palabra que mi retina graba, cada palabra que mi boca pronuncia al compás del pasar página, cada sensación que se mueve bajo los poros de mis pieles marcadas, cada lágrima que mi corazón de tinta envenena, porque cada libro que entre mis manos sosiega conecta íntegramente mis sentidos, alivia mi dolor corpóreo y detiene el tormento que circula por mis venas. Quizá una vía de acceso, o quizá de salida, quién sabe, tal vez un simple refugio.
Por el momento me mantendré firme, superando las adversidades en cuerpo y cobijándome de letras el alma.

martes, 28 de junio de 2016

Ademán melífluo

Ciento cincuenta días llevan mis oídos sin escuchar música. Ciento cincuenta días llevan mis manos sin tocarle.
Aún recuerdo con la elegancia que sonaban las cuerdas de mi violonchelo, como aceleraba mi aliento, mi pulso. Mis días expiraban con nuevas melodías, nuevos acordes, nuevas sensaciones.
Yo era su instrumento, su música, él convertía mi mediocridad en armonía. Él me eligió a mí.

Las agujas del reloj hacen carrera, al ritmo que las hojas del calendario vuelan al olvido. El tiempo ha tintado de blanco mis cabellos, ha hecho más visibles mis huesos y ha corrompido las líneas que conforman mi piel. Nuestras articulaciones están desgastadas, nuestros nervios titubean. Dios mío. La vida pasa inexorablemente.
Me siento vacío. Un intenso dolor corpóreo, como si me hubieran arrancado de cuajo algo dentro de mi, ese algo que ahora me impide ser quien un impreciso día fui. Un amante de la armonía.

Levanto como puedo mi cuerpo inválido del lecho y me dispongo a hacerlo. Abro el armario y extraigo del fondo mi instrumento. Desvisto su funda y lo contemplo mientras mis ojos derraman gotas de melancolía aguada, directas al corazón del sonido. Sonrío y doy con el propósito. Suspiro y lo poso con un ademán impecable sobre mi catre, le doy un beso de despedida, tumbándome así junto a éste.

Ambos somos viejos y expertos confidentes. Compañeros de la lluvia y del olvido, grandes nefelibatos listos para expirar.

lunes, 27 de junio de 2016

Inefable

Me quedo en silencio. Muda de palabras, llena de ideas.
Siento una intensa presión en mi sien. Mi cráneo estallará en el segundo más inesperado, pero apropiado. Mis pupilas difusas, mis retinas clavadas ante semejante espectáculo.
Inefable. No tengo palabras para describir el estado extático en el que me encuentro.
Tengo la sensación de estar fuera de mí. Mi cuerpo está adormecido y mi mente en flote. Veo todo desde una perspectiva panorámica, increíble al ojo humano.
Un mundo desligado a la subjetividad. No me atrevo a articular palabra.
Ahora siento como la sangre circula con ritmo acelerado en mis venas.
Las vibraciones del aire. Esa melodía que carcome mis sesos, una pieza rayada de mis memorias, con ese sonido melífluo y penetrante.
Demasiadas expresiones encapsuladas en una mísera palabra. ¿Cómo llamar a ese instante?
a ese algo que me da vida y a la vez me mata.
A las plumas de las aves que revolotean e intentan arrancarme la razón a tracción. O la danza de las luciérnagas a medianoche.
El brindis que nunca hice.
El aroma exquisito de las flores y las líneas que configuran mis pieles. Todo aquello que se presenta como un halo de luz, efímero y difuminado. La caída al vacío abismal. O quizá es con el ademán que tocas las cuerdas de mi instrumento.

Es la naturaleza que constituye dimensiones. La fusión entre yugos desiguales, como la demencia y la cordura, la claridad y la penumbra, como lo fértil y lo inerte.
Son los colores tatuados en el ocelo de las mariposas y los cortes que el frío ha ido cultivando en mis labios.
Quizá son los espasmos, esa electricidad que me domina. Las ganas de mudarme de planta.
A lo mejor soy yo, la bohemia artista que espera con ojos de gato la luna llena.

Es paciencia. Acomodable a las circunstancias, sin encalabrinamiento alguno. Es ese algo al que se le quita relevancia pero que habita desde tiempos impronunciables.
Es la arena proveniente de rocas ancestrales. Sabio cómo él mismo.
Es la conjugación exacta entre lo celestial, los átomos que conforman tus células, tu estancia. Es la mezcla entre el magenta de tus labios y el cían de mis ojos.
O quizá el azabache de una noche de embrujo. El último botón por desprender de tu camisa.

Es el fuego dejando en carne viva al planeta. El aire despeinándote las ropas. La monotonía del reloj enterrado en las tierras. O quizá el mar besando tus talones. El arriba o el abajo. En mi cama o entre líneas de tinta.

Es ese algo a lo que el ciego y farisaico humano aún no quiere dar la relevancia que merece, ni percatarse de que esta fue quien le engendró en sus entrañas.

Después de unos intensos segundos de trance vuelvo postrada. Y mejor no preguntemos de dónde.
Quizá y sólo quizá, eso que reposa con majestuosidad ante mi es arte.